martes 20 de julio de 2010

III Congreso Latinoamericano de Jóvenes Venezuela 2010


La transmisión de la fe en el postmodernismo: en y desde la familia

Autor: Jutta Burggraf


Jutta Burggraf







Vamos a hablar sobre la transmisión de la fe. Me refiero a los hijos, a otros parientes, a los amigos, vecinos y colegas: a todos los que entran en una casa alegre y abierta; en una casa abierta a personas de todo tipo y condición, de todos los colores y de todas las creencias.


Sumario

Introducción


I. El ambiente actual:

1. La época del postmodernismo
2. Actitud ante los cambios culturales


II. La personalidad de quien habla:

1. Ser y parecer
2. Identidad cristiana y autenticidad
3. Serenidad
4. Amor y confianza


III. Hablar sobre la fe:

1. Una búsqueda común
2. Aprender de todos
3. Tomar en serio las necesidades y los deseos humanos
4. Ir a lo esencial
5. Un lenguaje claro y sencillo
6. Un lenguaje existencial

- Nota final.



Introducción

Vamos a hablar sobre la transmisión de la fe. Me refiero a los hijos, a otros parientes, a los amigos, vecinos y colegas: a todos los que entran en una casa alegre y abierta; en una casa abierta a personas de todo tipo y condición, de todos los colores y de todas las creencias.

Quiero empezar nuestra reflexión con una escena que nos presentó Nietzsche hace más de cien años. En su libro "La gaya ciencia", este filósofo tan perspicaz hizo gritar a un hombre loco: «¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!... ¿A dónde se ha ido Dios?» ...

Os lo voy a decir... «¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros le hemos matado!... Lo más sagrado y poderoso que poseía hasta ahora el mundo se ha desangrado bajo nuestros cuchillos». ... Aquí, el loco se calló y volvió a mirar a su auditorio: también ellos callaban y le miraban perplejos. Finalmente, arrojó su farol al suelo, de tal modo que se rompió en pedazos, y se apagó. «Vengo demasiado pronto —dijo entonces—, todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los hombres»
[1].

Hoy, un siglo más tarde, podemos constatar que este "enorme suceso" sí ha llegado a los oídos de gran parte de nuestros contemporáneos, para los que "Dios" no es nada más que una palabra vacía. Se habla de un actual "analfabetismo religioso", de una ignorancia incluso de los conceptos más básicos de la fe [2].

Algunos se han preguntado si un niño, que no conoce la palabra "gracias", puede estar agradecido: porque el lenguaje no sólo expresa lo que pienso, también lo detiene. En todo caso, lo determina muy profundamente. Podemos comprobarlo en los diferentes idiomas. Hablar chino o francés, no quiere decir simplemente, cambiar una palabra por otra, sino tener otros esquemas mentales y percibir el mundo según las circunstancias de cada lugar. Algunas tribus de Siberia, por ejemplo, tienen muchas palabras distintas para la "nieve" (dependiendo de si es blanca o gris, dura o blanda, nueva o antigua), mientras que los pueblos árabes disponen de un sinnúmero de palabras para "caballo". Si se tiene esto en cuenta, se puede comprender que Carlos V afirmó: "Cuantos idiomas hablo, tantas veces soy hombre".

Con respecto al tema religioso, podemos concluir: si vivo en un mundo secularizado e ignoro el lenguaje de la fe, es humanamente imposible llegar a ser un cristiano.


I. El ambiente actual


Si queremos hablar sobre la fe, es preciso tener en cuenta el ambiente en el que nos movemos. Tenemos que conocer el corazón del hombre de hoy —con sus dudas y perplejidades—, que es nuestro propio corazón, con sus dudas y perplejidades.


1. La época del postmodernismo.-


Tenemos, generalmente, muchos ídolos, por ejemplo, la salud, el "culto al cuerpo", la belleza, el éxito, el dinero o el deporte; todos ellos adquieren, en circunstancias, rasgos de una nueva religión. Chesterton dice: "Cuando se deja de creer en Dios, ya no se puede creer en nada, y el problema más grave es que, entonces, se puede creer en cualquier cosa."

Y, realmente, a veces parece que cualquier cosa es más creíble que una verdad cristiana. Mis alumnos de las Facultades civiles, por ejemplo —estudiantes de derecho o de químicas— hablan, con muy buena voluntad, de la "reencarnación" de Cristo (que tuvo lugar hace 2000 años): al parecer, la palabra "reencarnación" les es mucho más familiar que la palabra "encarnación". Observamos la influencia del budismo y del hinduismo en Occidente. ¿Por qué ejercen una atracción tan fuerte? Parece que se desea lo exótico, lo "liberal", algo así como una "religión a la carta". No se busca lo verdadero, sino lo apetecible, lo que me gusta y me va bien: un poco de Buda, un poco de Shiva, un poco de Jesús de Nazaret.

En épocas anteriores, la vida era considerada como progreso. Hoy, en cambio, la vida es considerada como turismo: no hay continuidad, sino discontinuidad; caminamos sin una dirección fija. El lema de un motorista lo expresa muy bien: "No sé adónde voy, pero quiero llegar rápidamente allí". En la literatura se habla de la "oscuridad moderna", del "caos actual".

"El hombre moderno es un gitano", se ha dicho con razón. No tiene hogar: quizá tiene una casa para el cuerpo, pero no para el alma. Hay falta de orientación, inseguridad, y también mucha soledad. Así, no es de extrañar que se quiera alcanzar la felicidad en el placer inmediato, o quizá en el aplauso. Si alguien no es amado, quiere ser al menos alabado.

Tal vez, todos nos hemos acostumbrado a no pensar: al menos, a no pensar hasta el final. Es el llamado pensamiento débil. Vivimos en una época en la que tenemos medios cada vez más perfectos, pero los fines están bastante perturbados.

A la vez, podemos descubrir una verdadera "sed de interioridad", tanto en la literatura como en el arte, en la música y también en el cine. Cada vez más personas buscan una experiencia de silencio y de contemplación; al mismo tiempo, están decepcionados del cristianismo que, en muchos ambientes, tiene fama de no ser nada más que una rígida "institución burocrática", con preceptos y castigos.

Otras personas huyen de la Iglesia por motivos opuestos: la predicación cristiana les parece demasiado "superficial", muy "lighf", sin fundamento y sin exigencias rigurosas. No buscan lo "liberal", sino todo lo contrario: buscan lo "seguro". Quieren que alguien les diga con absoluta certeza cuál es el camino hacia la salvación, y que otro piense y decida por ellos: ahí tenemos el gran mercado de las sectas [3].

Vivimos en sociedades multiculturales, en las que se puede observar simultáneamente los fenómenos más contradictorios. Algunos intentan resumir todo lo que nos pasa en una única palabra: postmodernismo. El término indica que se trata de una situación de cambio: es una época que viene "después" del modernismo y "antes" de una nueva era que todavía no conocemos. (Los adeptos de New Age se han apropiado del nombre: según ellos, ya estaríamos en esta nueva época, pero —a mi modo de ver— se trata de un error: ellos son simplemente "postmodernos").

El postmodernismo es una era limitada que indica el fracaso del modernismo. Se la puede comparar con la "postguerra" —el tiempo dificil después de una guerra—, que es la preparación para algo nuevo. Y se la puede relacionar también con el período "postoperatorio", en el que una persona convalece de una cirugía, antes de retomar sus actividades normales.

Parece, realmente, que vivimos un cambio de época: estamos entrando en una nueva etapa de la humanidad. Y las novedades reclaman un nuevo modo de hablar y de actuar.


2. Actitud ante los cambios culturales.-

¿Cómo conviene hablar sobre la fe en este desconcierto? Antes que nada, nos pueden ayudar unas reflexiones de Romano Guardini que no han perdido nada de su actualidad. En sus Cartas desde el lago de Como, este gran escritor cristiano habla sobre su inquietud con respecto al mundo moderno. Se refiere, por ejemplo, a lo artificioso de nuestra vida, escribe acerca de la manipulación a la que diariamente estamos expuestos, trata de la pérdida de los valores tradicionales y de la luz estridente que nos viene del psicoanálisis... Después de mostrar, en ocho largas cartas, una panorámica verdaderamente desesperante, al final del libro cambia repentinamente de actitud. En la novena y última carta expresa un "sí redondo" a este mundo en que le ha tocado vivir, y explica al sorprendido lector, que esto es exactamente lo que Dios nos pide a cada uno. El cambio cultural, al que asistimos, no puede llevar a los cristianos a una perplejidad generalizada [4]. No puede ser que en todas direcciones se vean personas preocupadas y agobiadas que añoran los tiempos pasados. Pues es Dios mismo quien actúa en los cambios. Tenemos que estar dispuestos a escucharle y dejamos formar por Él [5].

Quien quiere influir en el presente, tiene que amar el mundo en que vive. No debe mirar al pasado, con nostalgia y resignación, sino que ha de adoptar una actitud positiva ante el momento histórico concreto: debería estar a la altura de los nuevos acontecimientos, que marcan sus alegrías y preocupaciones, y todo su estilo de vida. "En toda la historia del mundo hay una única hora importante, que es la presente", dice Bonhoeffer. "Quien huye del presente, huye de la hora de Dios" [6].

Hoy en día, una persona percibe los diversos acontecimientos del mundo de otra forma que las generaciones anteriores, y también reacciona afectivamente de otra manera. Por esta razón, es tan importante saber escuchar [7]. Un buen teólogo lee tanto la Escritura como el periódico, alguna revista o el internet; muestra cercanía y simpatía hacia nuestro mundo [8]. Y sabe que es en las mentes y en los corazones de los hombres y mujeres que le rodean, donde puede encontrar a Dios, de un modo mucho más vivo que en teorías y reflexiones.

Los cambios de mentalidad invitan a exponer las propias creencias de un modo distinto que antes [9]. A este respecto comenta un escritor: "No estoy dispuesto a modificar mis ideas (básicas) por mucho que los tiempos cambien. Pero estoy dispuesto a poner todas las formulaciones externas a la altura de mis tiempos, por simple amor a mis ideas y a mis hermanos, ya que si hablo con un lenguaje muerto o un enfoque superado, estaré enterrando mis ideas y sin comunicarme con nadie" [10].


II. La personalidad de quien habla

Para tratar sobre Dios, no sólo hace falta tener en cuenta el ambiente que nos rodea. Todavía más decisiva es la personalidad de quien habla: porque, al hablar, no sólo comunicamos algo; en primer lugar, nos expresamos a nosotros mismos. El lenguaje es un "espejo de nuestro espíritu" [11].

Existe también un lenguaje no verbal, que sustituye o acompaña nuestras palabras. Es el clima que creamos a nuestro alrededor, ordinariamente a través de cosas muy pequeñas, como son, por ejemplo, una sonrisa cordial o una mirada de aprecio. Cuando faltan los oligoelementos en el cuerpo humano, aunque sean mínimos, uno puede enfermar gravemente y morir. De un modo análogo podemos hablar de "oligoelementos" en un determinado ambiente: son aquellos detalles, difícilmente demostrables y menos aún exigibles, que hacen que el otro se sienta a gusto, que se sepa querido y valorado.


1. Ser y parecer.-

Nos conviene tomar en serio algunas de las modernas teorías de la comunicación (que, por cierto, expresan verdades de perogrullo). Estas teorías nos recuerdan que una persona transmite más por lo que es que por lo que dice. Algunos afirman incluso que el 80% o 90% de nuestra comunicación ocurre de forma no verbal.

Además, transmitimos sólo una pequeña parte de la información de modo consciente, y todo lo demás de modo inconsciente: a través de la mirada y la expresión del rostro, a través de las manos y los gestos, de la voz y todo el lenguaje corporal. El cuerpo da a conocer nuestro mundo interior, "traduce" las emociones y aspiraciones, la ilusión y la decepción, la generosidad y la angustia, el odio y la desesperación, el amor, la súplica, la resignación y el triunfo; y difícilmente engaña. San Agustín habla de un "lenguaje natural de todos los pueblos" [12].

Los demás perciben el mensaje, asimismo, sólo en parte de modo consciente, y se enteran de muchas cosas inconscientemente. Se me ha grabado una situación, en la que he comprobado esta verdad de un modo muy claro. Cuando trabajaba en una institución para personas enfermas y solitarias, algún día, un directivo entró en la habitación de un enfermo y le hablaba muy amablemente, haciéndole todo tipo de caricias. Pero cuando salió de la habitación, el enfermo me confesó que sentía mucha antipatía hacia este director. ¿Por qué? Por razones de mi trabajo me había enterado que el visitante, en realidad, despreciaba al enfermo. Quería disimularlo, pero lo expresó inconscientemente. Y, como era de temerse, el enfermo lo percibió perfectamente.

Esto quiere decir que no basta sonreír y tener una apariencia agradable. Si queremos tocar el corazón de los otros, tenemos que cambiar primero nuestro propio corazón. La enseñanza más importante se imparte por la mera presencia de una persona madura y amante. En la antigua China y en la India, el hombre más valorado era el que poseía cualidades espirituales sobresalientes. No sólo transmitía conocimientos, sino profundas actitudes humanas. Quienes entraban en contacto con él, anhelaban cambiar y crecer —y perdían el miedo a ser diferentes.

Justamente hoy es muy importante experimentar que la fe es muy humana y muy humanizante; la fe crea un clima en el que todos se sienten a gusto, amablemente interpelados a dar lo mejor de sí. Esta verdad se expresa en la vida de muchos grandes personajes, desde el apóstol San Juan hasta la Madre Teresa de Calcuta y San Josemaría Escrivá.


2. Identidad cristiana y autenticidad.-

Para hablar con eficacia sobre Dios, hace falta una clara identidad cristiana. Quizá nuestro lenguaje parece, a veces, tan incoloro, porque no estamos todavía suficientemente convencidos de la hermosura de la fe y del gran tesoro que tenemos, y nos dejamos fácilmente aplastar por el ambiente.

Pero la luz es antes que las tinieblas, y nuestro Dios es el eternamente Nuevo. No es la "vetustez" del cristianismo originario lo que pesa a los hombres, sino el llamado cristianismo burgués. "Pero este cristianismo burgués no es el cristianismo —advierte Congar—. Es tan sólo la encarnación del cristianismo en la civilización burguesa." [13]. Este hecho nos permite tener una cierta porción de optimismo y de esperanza a la hora de hablar de Dios.

Un cristiano no tiene que ser perfecto, pero sí auténtico. Los otros notan si una persona está convencida del contenido de su discurso, o no. Las mismas palabras —por ejemplo, Dios es Amor— pueden ser triviales o extraordinarias, según la forma en que se digan. "Esa forma depende de la profundidad de la región en el ser de un hombre, de donde proceden, sin que la voluntad pueda hacer nada. Y, por un maravilloso acuerdo, alcanzan la misma región en quien las escucha" [14]. Si alguien habla desde la alegría de haber encontrado a Dios en el fondo de su corazón, puede pasar que conmueva a los demás con la fuerza de su palabra. No hace falta que sea un brillante orador. Habla sencillamente con la autoridad de quien vive —o trata de vivir— lo que dice; comunica algo desde el centro mismo de su existencia, sin frases hechas ni recetas aburridas.

Una persona asimila, como por ósmosis, actitudes y comportamientos de quienes le rodean. Así, toda actividad cristiana puede invitar a abrirse a Dios, esté o no en relación explícita con la fe. Pero también puede escandalizar a los demás, de modo que las palabras pierdan valor. Edith Stein cuenta que perdió su fe judía cuando, de niña, se dio cuenta de que, en las ceremonias de la Pascua, sus hermanos mayores sólo "hacían teatro" y no creían lo que decían.


3. Serenidad.-

Un cristiano no es, en primer lugar, una persona "piadosa", sino una persona feliz, ya que ha encontrado el sentido de su existencia. Precisamente por esto es capaz de transmitir a los otros el amor a la vida, que es tan contagioso como la angustia.

No se trata, ordinariamente, de una felicidad clamorosa, sino de una tranquila serenidad, fruto de haber asimilado el dolor y los llamados "golpes del destino". Es preciso convencer a los otros —sin ocultar las propias dificultades— que ninguna experiencia de la vida es en vano; Siempre podemos aprender y madurar —también cuando nos desviamos del camino, cuando nos perdemos en el desierto o cuando nos sorprende una tempestad. Gertrud von Le Fort afirma que no sólo el día soleado, sino también la noche oscura tiene sus milagros. "Hay ciertas flores que sólo florecen en el desierto; estrellas que solamente se pueden ver al borde del despoblado. Existen algunas experiencias del amor de Dios que sólo se viven cuando nos encontramos en el más completo abandono, casi al borde de la desesperación" [15].

¿Cómo puede comprender y consolar quien no ha sido nunca destrozado por la tristeza? Hay personas que, después de sufrir mucho, se han vuelto comprensivos, cordiales, acogedores y sensibles frente al dolor ajeno. En una palabra, han aprendido a amar.


4. Amor y confianza.-

El amor estimula lo mejor que hay en el hombre. En un clima de aceptación y cariño, se despiertan los grandes ideales. Para un niño, por ejemplo, es más importante crecer en un ambiente de amor auténtico, sin referencias explícitas a la religión, que en un clima de "piedad" meramente formal, sin cariño. Si falta el amor, falta la condición básica para un sano desarrollo. No se puede modelar el hierro frío; pero cuando se lo calienta, es posible formado con delicadeza.

A través de los padres, los hijos deberían descubrir el amor de Dios [16]. Hace falta el "lenguaje de las obras"; es preciso vivir el propio mensaje. Lo decisivo no son las lecciones y las clases de catecismo, que vendrán más tarde. Antes, mucho antes, conviene preparar la tierra para que acoja la semilla.

En sus primeros años de vida, cada niño realiza un descubrimiento básico, que será de vital importancia en su carácter: o "soy importante, me entienden y me quieren", o "estoy por medio, estorbo". Cada uno tiene que hacer, de algún modo, esta experiencia de amor que nos transmite Isaías: "Eres precioso a mis ojos, de gran estima, yo te quiero... En la palma de mis manos te tengo tatuado" [17].

Si falta esta experiencia, puede ocurrir que una persona nunca sea capaz de establecer relaciones duraderas, ni de trabajar con seriedad. Y, sobre todo, será difícil para ella creer de verdad en el amor de Dios: creer que Dios es un Padre que comprende y perdona, y que exige con justicia para el bien del hijo [18]. "La historia de la decadencia de cada varón y de cada mujer habla dé que un niño maravilloso, valioso, singularísimo y con muchas cualidades perdió el sentimiento del propio valor" [19]. Esto difícilmente se puede arreglar más tarde dando clases sobre el amor de Dios. Una persona dijo con acierto: "Lo que haces, es tan ruidoso que no oigo lo que dices".

Muchas personas no han podido desarrollar la "confianza originaria". Y como no la conocen, se mueven en un ambiente de "angustia originaria". No quieren saber nada de Dios; llegan a sentir miedo y hasta terror frente al cristianismo. Porque, para ellos, Dios no es nada más que un Juez severo, que castiga y condena, incluso con arbitrariedad. No han descubierto que Dios es Amor, un Amor que se entrega y que está más interesado en nuestra felicidad que nosotros mismos.

Por eso, es tan importante creer en las capacidades de los demás y dárselo a entender. A veces, impresiona ver cuánto puede transformarse una persona, si se le da confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene.de ella. Hay muchos hombres y mujeres que saben animar a los otros a ser mejores, a través de una admiración discreta y silenciosa. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, que, con paciencia y constancia, animan y ayudan a desarrollar.

Cuando alguien nota que es querido, adquiere una alegre confianza en el otro: comienza a abrir su intimidad. La transmisión de la fe comienza —a todos los niveles— con un lenguaje no verbal. Es el lenguaje del cariño, de la comprensión y de la auténtica amistad.


III. Hablar sobre la Fe

Cuando conozco bien a otro, conozco también sus experiencias, sus heridas y sus ilusiones. Y —si hay reciprocidad en ese conocimiento— el otro sabe lo que yo he vivido, lo que me hace sufrir y lo que me da esperanza. La amistad nunca es una vía unilateral. En un clima de mutuo conocimiento es más fácil hablar de todo, también de la fe.


1. Una búsqueda común.-

Hay personas que tienen una fuerte identidad cristiana y, a pesar de ella, no logran convencer a nadie. Cuando alguien se muestra demasiado seguro, en principio, no se le acepta hoy en día. Hay un rechazo a los "grandes relatos" y también a los "portadores de la suma verdad", porque tenemos más claro que nunca que nadie puede saberlo todo. Se habla de una pastoral "desde abajo", no "desde arriba", no desde la cátedra, que quiere instruir a los "pobres ignorantes". Este modo de actuar ya no es eficaz, y quizá nunca lo fue.

Viene a la memoria lo que se cuenta del Papa Juan Pablo II. Ocurrió durante el Concilio Vaticano II. En una de las sesiones plenarias del Concilio, el entonces joven obispo Wojtyla pidió la palabra e, inesperadamente, hizo una aguda crítica al proyecto de uno de los documentos más importantes, que se había propuesto. Dio a entender que el proyecto no servía nada más que para ser echado a la papelera. Las razones eran las siguientes: "En el texto presentado, la Iglesia enseña al mundo. Se coloca, por así decirlo, por encima del mundo, convencida de su posesión de la verdad, y exige del mundo que le obedezca". Pero esta actitud puede expresar una arrogancia sublime. "La Iglesia no ha de instruir al mundo desde la posición de la autoridad, sino que ha de buscar la verdad y las soluciones auténticas de los problemas difíciles de la vida humana junto al mundo" [20]. El modo de exponer la fe no debe convertirse nunca en un obstáculo para los otros.


2. Aprender de todos.-

Lo que atrae más en nuestros días, no es la seguridad, sino la sinceridad: conviene contar a los otros las propias razones que me convencen para creer, hablar también de las dudas y de los interrogantes [21]. En definitiva, se trata de ponerse al lado del otro y de buscar la verdad junto con él. Ciertamente, yo puedo darle mucho, si tengo fe; pero los otros también pueden enseñarme mucho.

Santo Tomás afirma que cualquier persona, por erróneas que sean sus convicciones, participa de alguna manera de la verdad: lo bueno puede existir sin mezcla de lo malo; pero no existe lo malo sin mezcla de lo bueno [22]. Por tanto, no sólo debemos transmitir la verdad que —con la gracia divina— hemos alcanzado, sino que estamos también llamados a profundizar continuamente en ella y a buscada allí donde puede encontrarse, esto es, en todas partes. Es muy enriquecedor, por ejemplo, conversar con judíos o con musulmanes; siempre se nos abren nuevos horizontes. Y la verdad, la diga quien la diga, sólo puede proceder de Dios [23].

Como los cristianos no tenemos conciencia plena de todas las riquezas de la propia fe, podemos (y debemos) avanzar, con la ayuda de los demás. La verdad nunca se posee entera. En última instancia, no es algo, sino alguien, es Cristo. No es una doctrina que poseemos, sino una Persona por la que nos dejamos poseer. Es un proceso sin fin, una "conquista" sucesiva.


3. Tomar en serio las necesidades y los deseos humanos.-

Podemos preguntarnos: ¿por qué esta o aquella ideología atrae a tanta gente? Ordinariamente, muestran los deseos y necesidades más hondas de nuestros contemporáneos (que son nuestros propios deseos y necesidades). La teoría de la reencarnación, por ejemplo, manifiesta la esperanza en otra vida; la meditación trascendental enseña cómo uno puede apartarse de los ruidos exteriores e interiores; y los grupos skinhead o cabezas rapadas, al igual que los punk de los años 80 (y 90), los góticos de los 90 (y del 2000) y los raperos de hoy ofrecen una solidaridad —un sentido de pertenencia— que muchos jóvenes no encuentran en sus familias.

Sin embargo, la fe ofrece respuestas mucho más profundas y alentadoras. Nos dice que todos los hombres —y en particular los cristianos— somos hermanos, llamados a andar juntos por el camino de la vida. Nunca nos encontramos solos. Cuando hablamos con Dios en la oración —que podemos hacer en cualquier momento del día—, no nos distanciamos de los demás, sino que nos unimos con quien más nos quiere en este mundo, y quien nos ha preparado a todos una vida eterna de felicidad.

Si conseguimos exponer el misterio divino desde la clave del amor, será más fácil despertar los intereses del hombre moderno. Hay intentos considerables en este sentido [24]. El Dios de los cristianos es el Dios del Amor, porque no sólo es Uno; a la vez es Trino. Como amar consiste en relacionarse con un tú —en dar y recibir—, un Dios "solo" (una única persona) no puede ser Amor. ¿A quién podría amar, desde toda la eternidad? Un Dios solitario, que se conoce y se ama a sí mismo, puede ser considerado, en el fondo, como un ser muy inquietante.

El Dios trino es, realmente, el Dios del Amor. En su interior, descubrimos una vida de donación y de entrega mutua. El Padre da todo su amor al Hijo; ha sido llamado el "Gran Amante". El Hijo recibe este amor y lo devuelve al Padre; es el que nunca dice "no" al Amor. El Espíritu es el mismo Amor entre ambos; es el "con-dilecto", según Hugo de San Víctor: muestra que se trata de un amor abierto, donde cabe otro, donde cabemos también nosotros [25]..

"Estar en el mundo quiere decir: ser querido por Dios", afirma Gabriel Marcel. Por esto, un creyente puede sentirse protegido y seguro. Puede experimentar que sus deseos más hondos están colmados.


4. Ir a lo esencial.-

Cuando hablamos de la fe, es importante ir a lo esencial: el gran amor de Dios hacia nosotros, la vida apasionante de Cristo, la actuación misteriosa del Espíritu en nuestra mente y en nuestro corazón... Tenemos que huir de lo que hacen los que quieren quitar fuerza al cristianismo: reducen la fe a la moral, y la moral al sexto mandamiento. En todo caso, conviene dejar muy claro que la Iglesia dice un sí al amor. Y para salvaguardar el amor, dice un no a las deformaciones de la sexualidad.

Benedicto XVI se ha decidido por este mismo modo de actuar. Después del "Encuentro Mundial de las Familias", en Valencia, concedió una entrevista a Radio Vaticano, en la que le preguntaron: "Santo Padre, en Valencia, usted no ha hablado ni del aborto, ni de la eutanasia, ni del matrimonio gay. ¿Correspondió a una intención?". Y el Papa respondió: "Claro que sí... Teniendo tan poco tiempo no se puede comenzar inmediatamente con lo negativo. Lo primero es saber qué es lo que queremos decir, ¿no es así? Y el cristianismo... no es un cúmulo de prohibiciones, sino una opción positiva. Es muy importante que esto se vea nuevamente, ya que hoy esta conciencia ha desaparecido casi completamente. Se ha hablado mucho de lo que no está permitido, y , ahora hay que decir: Pero nosotros tenemos una idea positiva que proponer... Sobre todo es importante poner de relieve lo que queremos" [26].


5. Un lenguaje claro y sencillo.-

Cuando era estudiante en Colonia, tuve que preparar, en una ocasión, un trabajo largo y difícil para un seminario de la Universidad. Antes de entregarlo al profesor, lo enseñé a un compañero mayor, que lo leyó con interés, y después me dio un consejo amistoso que nunca he olvidado: "Está bien —me comentó—. Pero si quieres tener una nota buena, tienes que decir lo mismo de un modo mucho más complicado".

Así somos. A veces, confundimos lo complicado con lo inteligente, y olvidamos que Dios —la suma verdad— es, a la vez, la suma sencillez. El lenguaje de la fe habla con llaneza sobre realidades inefables. "Prefiero decir cinco palabras con sentido para instruir, que diez mil en lenguajes no inteligibles", advierte San Pablo [27].

Se pueden usar imágenes para acercar el misterio trinitario a nuestro espíritu. (En la sencillez de las imágenes encontramos más verdad que en los grandes conceptos). Una de las más corrientes es la del sol, su luz y su calor; o también la fuente, el río y el mar, comparación muy apreciada por los Padres griegos [28]. (Como los Padres de la Iglesia se expresan muchas veces en imágenes, su teología es siempre moderna). Se pueden buscar también anécdotas, citas de la literatura o escenas de películas. En tiempos del Vaticano II, los expertos fueron invitados a hablar en un lenguaje accesible: "Que se abandone todo idioma exangüe y árido, la disección cargada de afirmaciones conceptualistas, para emprender un lenguaje más vivo y concreto, a semejanza de la Biblia y de los antiguos Padres. Que se abandone la sobrecarga de discusiones secundarias y de 'cuestiones' de mera curiosidad... Dirigir a alguien un discurso abstruso, dificilmente inteligible... tiene algo de ultrajante e irrespetuoso, tanto para la verdad como para la persona que tiene derecho a comprender" [29].

Quien no entiende lo que está diciendo otra persona, no puede expresar sus dudas, no puede investigar libremente por cuenta propia. Depende del otro, y fácilmente puede ser manipulado por él.


6. Un lenguaje existencial.-

Asimismo, el otro tiene derecho a conocer toda la verdad. Si reprimimos una parte de la fe, creamos un ambiente de confusión, y no prestamos una ayuda auténtica al otro. Daniélou lo dice claramente: "La condición básica de un diálogo sincero con un no cristiano es decide: tengo la obligación de depirte que un día te encontrarás con la Trinidad" [30].

Es preciso explicar a los demás la propia fe tan clara e íntegramente como sea posible [31]. Con ello, por otro lado, ganamos en sinceridad en cualquier relación humana: queremos dar a conocer la propia identidad, es decir, en nuestro caso, la identidad cristiana. El otro quiere saber quién soy yo. Si no hablamos, cuidadosamente, sobre todos los aspectos de la fe, los otros no podrían aceptamos tal como somos en realidad, y nuestra relación se tomaría cada vez más superficial, más decepcionante, hasta que, antes o después, se rompería.

Pero no sólo queremos dar a conocer el propio proyecto vital. Tenemos el deseo de animar a los otros a dejarse encantar y conquistar por la figura luminosa de Cristo.

Aquí se manifiesta el carácter existencial y dinámico del lenguaje sobre la fe, que invita a los demás a entrar, poco a poco, en la vida cristiana, que es diálogo e intimidad, correspondencia al amor y, al mismo tiempo, una gran aventura, «la aventura de la fe».


Nota final.-

Creer en Dios significa, caminar con Cristo -en medio de todas las luchas que tengamos- hacia la casa del Padre [32]. Pero, para ello, de poco sirven los esfuerzos, y menos aún los sermones. Nuestro lenguaje es muy limitado. La fe es un don de Dios, y también lo es su desarrollo. Podemos invitar a los otros a pedirla, junto con nosotros, humildemente de lo alto. La meta de nuestro hablar de Dios consiste en llevar a todos a hablar con Dios. Incluso Nietzsche, que combatió el cristianismo durante largas décadas, hizo al final de su vida un impresionante poema "Al Dios desconocido", que puede considerarse una verdadera oración:

"Vuelve a mí, ¡con todos tus mártires!
Vuelve a mí, ¡al último solitario!
Mis lágrimas, a torrentes,
discurren en cauce hacia Ti,
y encienden en mí el fuego
de mi corazón por Ti.
¡Oh, vuelve, mi Dios desconocido!
Mi dolor, mi última suerte, ¡mi felicidad!"
[33].

viernes 16 de julio de 2010

RICARDO CASTAÑÓN GÓMEZ: MILAGRO EUCARÍSTICO EN BUENOS AIRES

Esto que compartimos con ustedes, nos llegó por medio de una seguidora de nuestro sitio, a quien agradecemos su valioso aporte. Paz y Bien

El 15 de agosto del año 1996 una persona comulga en la parroquia de Santa Maria en Buenos Aires y la hostia se le cae de la mano al comulgar; como considera que esta hostia está sucia no la quiere levantar entonces otra persona más piadosa la pone a un lado y le avisa al párroco el P. Alejandro Pese lo ocurrido.

El sacerdote coloca la hostia en un depósito de agua y la pone en el tabernáculo porque es norma que si una hostia consagrada tiene algún incidente debe ponérsela en agua para que se disuelva y luego echar el agua en una planta viva.

Cuando a los once días el sacerdote va a buscar que es lo que ha pasado, se encuentra que la hostia tiene unas manchas rojizas y en los siguientes días se extiende este color rojizo por toda la hostia. Los sacerdotes de esta parroquia acuden al arzobispo de Buenos Aires para contarle lo sucedido y el arzobispo de ese entonces pide esperar tiempos mejores ya que es un tema muy delicado.

El año 1999 siendo ya arzobispo el Cardenal Jorge Bergoglio y enterado que yo hago este tipo de investigaciones de manera gratuita me escribe una carta invitándome a ocuparme de esta investigación.

Viajé el 6 de octubre a Buenos Aires y entrevisté a cinco sacerdotes testigos de todo lo ocurrido, ya en ese año son dos hostias las que habían sangrando, tomo las muestras de ambas hostias; durante la extracción de muestras se encuentra presente el notario del arzobispado que certifica legalmente esta acción solicitada por autoridades de la Iglesia en Argentina.

Debo aclarar que cuando me invitaron, el arzobispado de Buenos Aires se comunico con la Santa Sede propiamente con Mons. Gianfranco Girotti que era el secretario privado del Cardenal Ratzinger en la oficina de la Congregación para la Doctrina y la Fe y fue Mons. Girotti quien les dio referencias de mi persona para llevar adelante esta investigación.

El 21 de octubre de 1999 viajo al Forence Analitycal de San Francisco un laboratorio de genética que puede hacer el análisis de las muestras que he tomado.

El 28 de enero del 2000 encuentran ADN humano en las muestras, se trata de sangre humana que tiene un código genético humano.

En marzo del 2000 me comunican que desean que participe de este análisis el Dr. Robert Lawrence médico forense histopatólogo experto en tejidos.

A mi me dio temor la participación del Dr. Lawrence por el costo que podría implicar y me comentaron que deseaban su participación porque en la muestra encontraron unas sustancias que parecen tejidos humanos, entonces el Dr... Lawrence estudia la muestra y encuentra piel humana y glóbulos blancos.

En diciembre del 2000 el Dr. Lawrence me comenta que puede obtener más muestras de ADN, pero como me dicen que se trata de piel humana viajo a Italia porque deseo hablar con el Dr. Oduardo Ardonidoli que ha estudiado la hostia de Lanciano; una hostia que sangró en el siglo VIII, el Dr. Ardonidoli estudio a pedido de la Conferencia Episcopal Italiana esta ostia. Yo consulté mis muestras ante Ardonidoli y él me dice: “probablemente esto es tejido de corazón, no es epidermis, o sea no es piel humana”

Como yo no puedo trabajar con probabilidades mandamos la muestra al profesor Jhon Walker de la Universidad de Sydney en Australia y me informa que las muestras enviadas son células musculares y también encuentra glóbulos blancos intactos.

Las investigaciones muestran que estos tejidos están inflamados por lo tanto esta persona ha tenido un sufrimiento.

El 2003 este mismo profesor me dice que estas muestras pueden corresponder a tejido de corazón inflamado, este investigador me dice “puede corresponder”

Para salir de dudas nos vamos donde el mayor experto en patologías del corazón, Profesor Federico Stigibe de la Columbia University en Nueva York

Su informe es enviado el 26 de marzo del 2005 cinco años y medio desde el inicio de la investigación: “se trata de tejido de corazón tiene cambios degenerativos del miocardio y estos cambios degenerativos se deben a que las células están inflamadas y se trata del ventrículo izquierdo del corazón”

Las muestras que poseo son de músculo del corazón; quiero decir que el resultado de esta muestra es carne y sangre, el músculo es del miocardio el centro que hace latir el corazón del ventrículo izquierdo donde esta la sangre purificada y limpia.

El Dr. Stigbe me dice que el paciente de donde proviene estas muestras ha sufrido mucho, -debo aclarar nuevamente que el no sabe que estas muestras vienen de una ostia- y este paciente ha sufrido mucho porque le han golpeado a la altura del pecho y le han provocado un infarto.

Es importante hacer notar que he mencionado la existencia de glóbulos blancos, si uno extrae la sangre de una persona, a los 15 minutos los glóbulos blancos se desintegran; entonces como es posible que hasta el 2005 tengamos glóbulos blancos en la muestra que ha sido extraído en 1996.

Es por esta razón que la conclusión es que el corazón tenia activa dinámica viva en el instante en que se tomo las muestras.

El resultado final de esta investigación se la entregue al Cardenal Bergoglio el día viernes 17 de marzo del 2006 y es cuando me autoriza que yo difunda esta investigación. La ostia que ha sido estudiada es venerada todos los días jueves en la parroquia de Santa Maria en Buenos Aires.

Es interesante saber que en el Siglo VIII hubo un caso parecido en Italia en Lanciano donde un sacerdote dudo si Cristo estaría presente en la Eucaristía y cuando él dudo la hostia se hizo sangre y quedo un tejido que se conserva hasta el día de hoy; en los años 60 la Conferencia Episcopal Italiana pidió que el profesor Oroardo hiciera la investigación y ha demostrado que es músculo del miocardio.

Para mi lo importante es que este resultado que he obtenido de las muestras de ambas hostias son similares a las muestras de la investigación de la ostia del siglo VIII.

A fines de agosto viajo a una ciudad de Korea donde existen ostias que están sangrando y espero obtener los mismos resultados.

Ricardo Castañón Gómez.
Para el que le interese la parroquia es:
Parroquia Santa María – Av. La Plata 286 – Ciudad de Buenos Aires.

sábado 3 de julio de 2010

La señal de la cruz, el inicio de toda oración


Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo? De hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres (I Corintios 1, 17-25).

Es lógico comenzar esta serie de doce cartas sobre la oración cristiana de la misma forma con la que iniciamos toda oración: con la señal de la cruz. Comenzamos a rezar “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amén”. Invocamos a la Santísima Trinidad e iniciamos nuestra oración en su nombre. Recordamos así el centro de nuestra fe recibida en el Bautismo (Mateo 28, 19). Al hacer un ofrecimiento de obras al inicio del día para dar un sentido sobrenatural a todas nuestras actividades; al empezar un examen de conciencia que, más que simple contabilidad moral, es un acto de diálogo con Dios, Padre de misericordia; en el inicio del rezo del Angelus; en las primeras palabras de la Misa: siempre está presente la señal de la cruz y la invocación a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, de quien procede toda bondad y a cuyo santo nombre nos confiamos.

Rezamos en nombre de Dios y este “nombre” encierra en sí toda la misteriosa realidad de “Aquel que es el que es” (Éxodo 3, 13-15) y no necesita de nada ni nadie. El Catecismo de la Iglesia Católica explica muy bien la profundidad que encierra el nombre de Dios: A su pueblo Israel, Dios se reveló dándole a conocer su Nombre. El nombre expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza anónima. Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es, en cierta manera, comunicarse a sí mismo haciéndose accesible, capaz de ser más íntimamente conocido y de ser invocado personalmente... Al revelar su nombre misterioso de YHWH, "Yo soy el que es" o "Yo soy el que soy" o también "Yo soy el que Yo soy", Dios dice quién es y con qué nombre se le debe llamar. Este Nombre Divino es misterioso como Dios es Misterio. Es, a la vez, un Nombre revelado y como la resistencia a tomar un nombre propio, y por esto mismo expresa mejor a Dios como lo que Él es, infinitamente por encima de todo lo que podemos comprender o decir: es el "Dios escondido" (Isaías 45, 15), su nombre es inefable (Cf Jueces 13, 18), y es el Dios que se acerca a los hombres. Al revelar su nombre, Dios revela, al mismo tiempo, su fidelidad que es de siempre y para siempre, valedera para el pasado ("Yo soy el Dios de tus padres", Éxodo 3, 6) como para el porvenir ("Yo estaré contigo", Éxodo 3, 12). Dios, que revela su nombre como "Yo soy", se revela como el Dios que está siempre allí, presente junto a su pueblo para salvarlo (Catecismo de la Iglesia Católica 203 y 206-207).

La señal del cristiano es la señal de la cruz. En ella murió Nuestro Señor Jesucristo para alcanzarnos la salvación eterna. Así, la cruz se ha convertido en signo de esperanza y de victoria. Es el símbolo de la victoria de Jesucristo, una victoria que descubrimos en la resurrección después de haber visto a Jesús sufrir una aparente derrota, la más cruel. La cruz es el icono de Jesucristo y el indicio de la vida eterna que nos espera. Toda esta riqueza de significado hace que mostremos con orgullo y llevemos con amor este instrumento de tortura que para nosotros es mucho más que eso, es un instrumento de amor. La cruz que llevamos y la cruz que señalamos, sobre la frente o el pecho, es símbolo de aquella que nos pide tomar Jesucristo para ser sus discípulos auténticos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 10, 38; 16, 24; Marcos 8, 34; Lucas 9, 23; 14, 27). Los contemporáneos de Jesús no entendieron aquella petición que sólo se aclaró cuando vieron al Maestro morir sobre una cruz y resucitar. Entonces comprendieron que el secreto del seguimiento de Cristo está en morir a sí mismo para tener vida (Marcos 8, 35); perder la vida por Jesucristo y por su Evangelio es salvarla.

En el capítulo 9 (versículos 4-7) del libro del profeta Ezequiel, encontramos un texto enigmático donde aparece por primera vez la señal de la cruz. Es el primer lugar de la Biblia en que se cita esta palabra. Dios envía un castigo contra los idólatras, pero respeta a los que han recibido la señal de la cruz en su frente, aquellos que no compartieron las idolatrías y las abominaciones. En el libro de los Números se nos relata una situación similar que el propio Jesucristo interpreta como un símbolo de lo que será la salvación por la cruz (Juan 3, 14-15). Dios había castigado con mordeduras de serpiente al pueblo de Israel que caminaba por el desierto y no dejaba de quejarse contra Dios. Habían muerto ya muchos israelitas y pidieron perdón a Dios. Moisés intercedió por el pueblo y Dios le dijo que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera sobre un mástil. Los que miraran a la serpiente de bronce quedarían curados: “Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida” (Números 21, 9). Los israelitas tentaron al Señor (I Corintios 10, 9), como tantos hombres lo han seguido tentando y desafiando a lo largo de la historia. La cruz de Jesucristo es la respuesta misericordiosa de Dios a la rebeldía del hombre: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna” (Juan 3, 14-15).

La cruz de Jesucristo es, a la vez, la señal del libro de Ezequiel para los que aman a Dios y están libres de culpa y, al mismo tiempo, la serpiente de bronce de Moisés para que los pecadores puedan volver a Dios. Estos últimos, sin la cruz, estarían perdidos para siempre, sufriendo en sus vidas los efectos de la desobediencia a Dios. Pero Él canceló nuestros cargos (Colosenses 2, 14). Llevar la cruz es llevar el signo de salvación y de vida eterna que Dios nos ha entregado. Hacer la señal de la cruz es manifestar el perdón y la misericordia de Dios. Por ello, en el sacramento de la reconciliación, la absolución de los pecados se acompaña con la señal de la cruz, (Concilio de Trento, 25-XI-1551, Doctrina sobre el sacramento de la penitencia, cap 3. 5 y 6; Dz 896 y 899-902):“La fórmula sacramental: “Yo te absuelvo ...”, y la imposición de la mano y la señal de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiesta que en aquel momento el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica post-sinodal Reconciliatio et Paenitentia 31, 2-XII-1984).

La cruz es signo de obediencia. Jesucristo muere en ella por obediencia a la voluntad de Dios. San Pablo lo ilustra perfectamente en el himno cristológico de su epístola a los filipenses: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2, 5-11). San Pablo nos invita a apropiarnos de la humildad y la obediencia de Jesucristo, a hacerlas nuestras. La obediencia humilde es signo de auténtica presencia de Dios en el alma, es indicio de santidad auténtica. La obediencia de Cristo fue la que nos redimió. María también obedeció (Lucas 1, 38). La Iglesia es obediente a la revelación de Dios en Jesucristo y esta obediencia amorosa requiere muchas veces de la cruz vivida por amor. Obedecer es amar (Juan 14, 15; 14, 21; 14, 23; 15, 24) y, muchas veces, es también sufrir, pero este sufrimiento en la obediencia nos asocia a la cruz de Jesucristo y hace más auténtico nuestro seguimiento del Maestro de Nazaret, Dios y hombre a la vez. La cruz sin obediencia es cruz sin Cristo.

La cruz es signo de persecución e incomprensión. Los hombres de tiempos de Jesús querían que bajase de la cruz para creer en Él (Mateo 27, 42; Marcos 15, 32), querían la salvación sin la cruz (Marcos 15, 30), y parece que esta tendencia continúa muy arraigada en el hombre. Así lo señala el Papa Juan Pablo II en el número 1 de la Carta Encíclica Ut unum sint: “¡La cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces de su nueva vida, pensando que la cruz no puede abrir ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese”. También a los cristianos nos toca esta tentación de rechazar la cruz. Queremos creer, pero con una fe sin cruces. Queremos salvación, pero salvarnos sin renunciar a nada, mucho menos a nosotros mismos. Volvemos a ver la cruz como un signo de oprobio. Sin embargo, sin cruz, ni la salvación ni la fe son auténticas. Si queremos ser seguidores de Jesucristo, tenemos que aceptar la cruz, pero viéndola ya como un signo de gloria, como san Pablo: “En cuanto a mí ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!” (Gálatas 6,14). Es signo de gloria porque en ella está la salvación y el centro de nuestra fe. La primera predicación de la Iglesia, según podemos ver en el anuncio del kerigma en los Hechos de los Apóstoles, se centra en la crucifixión y resurrección de Jesucristo (Hechos 2, 23-24; 3, 15; 4, 10; 5, 30). La cruz es el signo de los verdaderos seguidores de Jesucristo, de los ciudadanos del Cielo (Filipenses 3, 18-21).

Si la señal de la cruz nos distingue como cristianos, hay otro elemento que también nos debe distinguir: aquel por el que todos deben conocer que somos discípulos de Cristo, el amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Juan 13, 34-35). Amar como nos amó Jesucristo significa dar la vida por los demás. Este debe ser el signo de los cristianos. La cruz debe ir siempre acompañada del amor. Jesucristo murió en ella por amor a los hombres y nosotros hacemos de ella un signo del amor de Dios a cada ser humano y de nuestro deseo sincero de imitar ese amor de Dios a cada hombre. El amor a nuestros hermanos nos exige un sacrificio que va unido a la cruz de Cristo, y la cruz de Cristo nos exige una respuesta continua que no puede hacer a un lado el amor al prójimo. La cruz es signo de unidad (Efesios 2, 16), de paz y reconciliación (Colosenses 1, 18-20). Junto a ella encontramos a María, nuestra Madre amorosa, entregada a nosotros por Jesucristo en un acto de amor muy especial (Juan 19, 25-27).

Cuando nos santiguamos haciendo sobre nosotros la señal de la cruz, nos señalamos como miembros de Jesucristo y de su Iglesia; ponemos a Dios en nuestra vida; le ofrecemos lo que somos, hacemos y tenemos. Mostrar la cruz es predicar que hay que morir para tener vida. Los primeros misioneros que llegaron a América usaban cruces grabadas para enseñar la fe. La cruz es signo de fe auténtica, de esperanza cierta, de amor sincero y generoso. Es resumen de la enseñanza de Jesucristo. Todos estos significados sobre los que hemos reflexionado están presentes cuando hacemos la señal de la cruz. Hacer ese signo sobre nosotros o portarlo en el pecho es ofrecer a Dios nuestra vida y manifestar al mundo nuestro deseo de seguir e imitar a Jesucristo. Santiguarse o signarse es la primera oración del cristiano.


Carta del Cardenal Norberto Rivera | Fuente: Catholic.net

Benedicto XVI: la JMJ “no es una simple reunión multitudinaria”

Al recibir hoy a los promotores de la Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011

CIUDAD DEL VATICANO, viernes 2 de julio de 2010 (ZENIT.org).- El Papa Benedicto XVI aseguró hoy que la próxima Jornada Mundial de la Juventud Madrid 2011 “no es una simple reunión multitudinaria, sino una ocasión privilegiada para que los jóvenes de vuestro País y del mundo entero se dejen conquistar por el amor de Cristo”.

En un breve discurso, durante la audiencia concedida en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico, a una delegación de promotores de la JMJ, el Papa quiso animar a éstos a “seguir colaborando generosamente en esta bella iniciativa”.

Esta delegación estaba presidida por el cardenal Antonio María Rouco, arzobispo de Madrid, y formada por los miembros del patronato de la Fundación Madrid Vivo, en la que se integran importantes banqueros, empresarios y otras personalidades.

El Papa subrayó la importancia de la colaboración prestada, para el buen desarrollo del encuentro y para que de “copiosos frutos”.

“Son muchos los jóvenes que tienen puestos sus ojos en esa hermosa ciudad, con el gozo de poder encontrarse en ella, dentro de pocos meses, para escuchar juntos la Palabra de Cristo, siempre joven, y poder compartir la fe que los une y el deseo que tienen de construir un mundo mejor, inspirados en los valores del Evangelio”.

Cristo, explicó el Papa, es “el amigo fiel, el vencedor del pecado y de la muerte. Quien confía en Él, jamás queda defraudado, sino que halla la fuerza necesaria para elegir el camino justo en la vida”.

La Fundacion Madrid Vivo se creó el pasado mes de noviembre, con el objetivo principal de apoyar la JMJ Madrid 2011. Reúne a banqueros, empresarios y otras personalidades, entre ellas Emilio Botín, presidente del Banco Santander, Ángel Ron, presidente del Banco Popular, y Antonio Vázquez, presidente de Iberia, entre otros.

También estuvieron presentes el obispo auxiliar de Madrid, monseñor César Franco, el presidente del Patronato de la Fundación Madrid Vivo, Íñigo de Oriol, el secretario de la misma, el abogado Javier Cremades. En total la delegación estuvo formada por unas 40 personas.

sábado 12 de junio de 2010

Mártir franciscano en el siglo XXI: Obispo de Turquía Monseñor Padovese, capuchino

El brutal asesinato del líder de la Iglesia católica en Turquía, el obispo italiano Luigi Padovese, que la semana pasada fue apuñalado y degollado en su casa, podría haber sido «un sacrificio ritual» relacionado con «grupos ultranacionalistas» y «fundamentalistas islámicos», según aseguró este lunes Asianews, la agencia de noticias del Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras (PIME).

En un primer momento, se dijo que el asesino, Murat Altun, sufría un desequilibrio mental y había actuado movido por la locura. Sin embargo, el abogado de la Iglesia turca, Ercan Eris, sostiene que no existe ningún informe sanitario que demuestre la presunta enfermedad del asesino, destacando que éste «no puede haberse deprimido en un sólo día», destaca la agencia.

Sí parece, en cambio, que «en los últimos tiempos él mismo decía que estaba deprimido pero esto podría haber sido una "estrategia" ideada por Murat para poder defenderse», agrega.

La autopsia de los médicos reveló que monseñor Padovese había recibido ocho cuchilladas en la zona del corazón, además de otras muchas por todo el cuerpo. Además, su cuerpo había sido decapitado.

Según Asianews, algunos testimonios afirman que tras el asesinato, Murat subió al techo de la casa gritando: «He matado al gran satanás!¡Allah Akbar! (Alá es grande)». Todo ello lleva a «intuir» que pueda haberse tratado de un «sacrificio ritual contra el mal», por lo que el asesinato podría estar relacionado «con los grupos ultranacionalistas» y «fundamentalistas islámicos que quieren eliminar a los cristianos de Turquía», agrega la agencia misionera.

Ahora, «ante estos nuevos y espeluznantes detalles, habría que revisar las declaraciones del Gobierno turco y las primeras convicciones expresadas por el Vaticano», que aseguró que el asesinato no tenía connotaciones políticas y religiosas, concluye la agencia.

Entre tanto, esta tarde se celebraron los funerales del obispo en la Catedral del Vicariato Apostólico de Anatolia. En la homilía, el arzobispo de Esmirna, monseñor Ruggero Franceschini, aseguró que la muerte de Padovese «recuerda que la fidelidad al Evangelio, en ciertas situaciones, puede ser pagada incluso con la sangre».

"Se trata de una noticia horrible, que nos deja profundamente desconcertados y, naturalmente, muy doloridos. Monseñor Padovese fue una persona que ha hecho grandes méritos en la transmisión del testimonio de la vida de la Iglesia en Turquía, por tanto, en situaciones también difíciles", declaró a Radio Vaticano el portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi.
En los últimos años se han producido diversos ataques a cristianos en el país euroasiático, uno de los más brutales fue el asesinato en Malatya (este de Turquía) de tres trabajadores de la editorial cristiana Zirve, cometido en 2007.

(Agencia Fides) – “En este momento de dolor y tristeza estamos convencidos que del sacrificio de Mons. Padovese nacerá un bien mayor para la comunidad católica en Turquía”: es lo que dice en una entrevista con la Agencia Fides P. Roberto Ferrari, OFM CAP, Superior de la fraternidad franciscana de Mersin. P. Ferrari es uno de los misioneros capuchinos que han dedicado su vida entera a Turquía, tierra donde se encuentra desde hace más de 60 años. Al regresar de Iskenderun, el monje relata a Fides el clima que se respiraba en la celebración de los funerales de Mons. Padovese, que se celebraron ayer, y los sentimientos que recorren a la comunidad católica turca.
“Mons. Luigi era para mi un hermano y amigo”, comienza. “Hemos compartido largos años de misión, en el amoroso servicio a la comunidad, en el testimonio de vida franciscana”, dice el monje. “La celebración del funeral ha sido realmente sincera y conmovedora. Ha habido una participación extraordinaria de católicos, y cristianos de todas las confesiones, de fieles musulmanes que han rendido homenaje a la figura de Mons. Luigi. Estaban las más altas autoridades eclesiásticas, como el Nuncio Apostólico, S. Exc. Mons. Antonio Lucibello, muchos líderes religiosos y también las más altas autoridades civiles y militares de la región. Todos expresaron su solidaridad, cercanía y participación a nuestro luto. Solo podemos decir gracias a todos los que nos están cercanos en este momento de dolor. Este testimonio nos ha conmovido profundamente: estamos seguros que es una semilla que dará fruto en el futuro”, señala el P. Ferrari.
La celebración fue presidida por Mons. Ruggero Franceschini, OFM Cap, Obispo de Esmirna, quien recordó a Mons. Padovese como “hombre de Iglesia, un Obispo amigo de los turcos y de Turquía”. “A nosotros, los cristianos su muerte nos recuerda cómo la fidelidad al Evangelio, en determinadas situaciones, se puede pagar con sangre”, ha añadido el Obispo, citando las palabras de Mons. Padovese que en una reciente carta, escribió: “Vivir con vosotros y en medio a vosotros, ha sido una gracias para mí”. Mons. Franceschini ha concluido su homilía con una exhortación a los fieles: “¡No tengáis miedo! No os desaniméis y sed felices, como los Apóstoles, de vivir el sufrimiento y la prueba, sin abandonar vuestra fe, que es el motivo de nuestra esperanza”.
Palabras con las que todos estaban de acuerdo plenamente, “Es el Señor que conduce la historia, hecha de alegrías y dificultades, de la comunidad católica en Turquía”, comenta a Fides P. Ferrari. “Nuestra esperanza es que de este trágico evento nacerá un bien mayor. La sangre de nuestros mártires es semilla de nuevos cristianos, hará fecundar el Reino de Dios”, dice el monje. (PA) (Agencia Fides 8/6/2010)

El Papa confirma, en Chipre, a los cristianos de Medio Oriente: «Os exhorto a construir una paz duradera»

La Visita de Benedicto XVI a Chipre concluyó, el domingo, con la entrega a los Patriarcas y obispos de Medio Oriente del Documento de trabajo de la Asamblea Especial para el Sínodo de los Obispos que se celebrará, en octubre, en Roma.
El Papa quiere denunciar ante el mundo el acoso que sufren los católicos de esta región. Pero a estos mismos católicos que tan a menudo sufren persecución, el Papa les anima a perseverar en la prueba: «El mundo necesita la cruz», les dijo, porque sólo ella pone fin a la violencia y puede «vencer el odio con amor». Además, el Papa les pide que no se encierren en guetos, sino que salgan al encuentro de los demás cristianos y fieles de otras religiones

Benedicto XVI saluda a un niño, antes de comenzar
la Eucaristía, en el pabellón de deportes Eleftheria,
de Nicosia, el pasado domingo
La Visita del Papa a Chipre, la decimosexta fuera de Italia de su pontificado, fue, según sus palabras, continuación de sus Viajes a Tierra Santa y Malta, con «la paz de Cristo» como tema central. «No vengo con un mensaje político, sino con un mensaje religioso que debería preparar más a las almas para encontrar la apertura por la paz», dijo poco antes de convertirse en el primer Papa que pisaba esta isla mediterránea, territorio del Patriarcado Latino de Jerusalén. En su rueda de prensa con los periodistas que le acompañaban a bordo del avión, el Papa explicó que iba a Chipre a hablar de «paz en sentido muy profundo», y que es importante «preparar las almas para ser capaces de dar los pasos políticos necesarios» para el fin de la violencia; «crear esa apertura interior para la paz, que, al final, viene de la fe en Dios y de la convicción de que todos somos hijos de Dios y hermanos y hermanas entre nosotros».
Decir basta, o aceptar la cruz
El Santo Padre llegaba a la tierra de san Bernabé, compañero de viajes de san Pablo, el viernes pasado, en un momento políticamente delicado, unos días después de la última crisis en la región, a raíz de que Israel interceptara violentamente una flotilla de barcos que pretendía romper, desde Turquía, el bloqueo israelí a Gaza, donde gobierna el islamismo radical, con el resultado de 9 activistas muertos. «Existe siempre el peligro de perder la paciencia», y de decir basta, respondía el Papa a una pregunta de los periodistas sobre esta cuestión. Pero hay que estar dispuestos a «volver a empezar, crear estas disposiciones del corazón para empezar siempre de nuevo, en la certeza de que podemos ir adelante, que podemos llegar a la paz... Crear esta disposición me parece el principal trabajo que el Vaticano, sus órganos y el Papa pueden hacer».
Todas estas palabras del Papa podrían sonar a mero catálogo de buenas intenciones, si no fuera por una prueba de fuego infalible: la predisposición a la cruz hace creíble el testimonio de los cristianos. En vísperas del Viaje, el mundo se conmocionó con la noticia del asesinato de monseñor Luigi Padovese, Vicario apostólico de Anatolia y Presidente de los obispos turcos. El Papa recordó estos días, en repetidas ocasiones, a este obispo, que contribuyó mucho a la preparación del Documento de trabajo para el próximo Sínodo de los Obispos de Medio Oriente. Es cierto que su asesinato, a manos de su chófer, se debió, al parecer, al desequilibrio mental de éste. Pero el obispo asumió siempre con serenidad el riesgo que sabía que corría, sin apartarse del camino del diálogo con el Islam, que tanto molesta a los radicales. Cuando murió asesinado en Turquía, en 2006, el sacerdote Andrea Santoro, monseñor Padovese reiteraba que «el único camino que hay que recorrer es el de la paz y el del conocimiento mutuo» y que «quien ha querido cancelar su presencia física, no sabe que ahora su testimonio es más fuerte».
Un mensaje trágicamente actual
El Papa saluda al arzobispo ortodoxo de Chipre,
Cristóstomos II, el pasado 4 de junio
«El mundo necesita la cruz», dijo el Papa a los sacerdotes, religiosos, diáconos, catequistas y representantes de los movimientos eclesiales, con quienes celebró el sábado la Eucaristía. Porque la cruz «habla de esperanza, habla de amor, habla de la victoria de la no violencia sobre la opresión, habla de Dios que ensalza a los humildes, da fuerzas a los débiles, logra superar las divisiones y vencer el odio con el amor. Un mundo sin cruz sería un mundo sin esperanza, en el que la tortura y la brutalidad no tendrían límite, donde el débil sería subyugado y la codicia tendría la última palabra. Sólo la cruz puede poner fin a todo eso».
Es un mensaje trágicamente actual, como puso en evidencia el Papa, al recordar a los fieles, sacerdotes y laicos, que resisten hoy a la tentación de huir, en medio de situaciones muy difíciles en Iraq o en Palestina, o viven privados de reconocimiento en países como Arabia Saudí, o con la amenaza de la creciente islamización en países tradicionalmente más respetuosos, como Egipto, Turquía o el Líbano. Estos fieles, unos 14 millones, en una población de 330 millones de habitantes, constituyen «un signo extraordinario de esperanza, no sólo para los cristianos, sino también para todos los que viven en la región. Su sola presencia es una manifestación elocuente del Evangelio de la paz, de la voluntad del Buen Pastor de cuidar de todas las ovejas, del inquebrantable compromiso de la Iglesia en favor del diálogo, la reconciliación y la aceptación amorosa del prójimo», dijo el Papa.
Apoyo a los cristianos
Precisamente, uno de los objetivos del Sínodo que se celebrará del 10 al 24 de octubre es defender a la minoría cristiana en estos países. «Nadie puede quedar indiferente ante la necesidad de apoyar, con todos los medios posibles, a los cristianos de esta atormentada región», decía el Papa en el Arzobispado ortodoxo de Nicosia, ante Crisóstomos II, arzobispo de Chipre. El Documento de trabajo para el Sínodo, que entregó Benedicto XVI el domingo a los Patriarcas y obispos católicos de Oriente Próximo, alerta del riesgo de que Tierra Santa, y el resto de la región en la que nació el cristianismo y se desarrollaron los principales acontecimientos bíblicos, se vacíe en poco tiempo de cristianos, si persisten problemas como la amenaza del islamismo, el conflicto israelo-palestino o la falta de libertad religiosa. Dado que «los musulmanes no hacen distinción entre religión y política», resalta el Documento, los cristianos se encuentran a menudo «en la delicada situación de no ciudadanos», por no ser musulmanes, a pesar de que sean en realidad «ciudadanos de estos países desde mucho antes de la llegada del Islam», y han contribuido al desarrollo de sus naciones.
Antes de entregar el Documento de trabajo del Sínodo, tras la Eucaristía celebrada el domingo, en el Pabellón de Deportes Eleftheria-Nicosia, el Papa reclamaba el «apoyo espiritual y solidaridad» de los cristianos de todo el mundo hacia los de Oriente Próximo, que soportan «grandes pruebas a causa de la situación actual de la región». Y añadía: «Espero firmemente que todos vuestros derechos, incluido el derecho a la libertad religiosa y de culto, sean cada vez más respetados y que nunca más sufráis ninguna discriminación».
Como en tiempo de los Apóstoles
El Papa reiteraba un «llamamiento personal a que se realice un esfuerzo internacional urgente y concertado para resolver las tensiones que persisten» en la zona, «especialmente en Tierra Santa, antes de que dichos conflictos lleven a un mayor derramamiento de sangre». Y el Santo Padre destacaba la aportación de los cristianos en la región para superar esos conflictos, al contribuir de diversas formas al bien común, ya sea mediante la educación, la atención a los enfermos o la asistencia social.
A esos mismos cristianos les exhortaba, en la homilía, a incrementar ese testimonio. «La condición previa para entrar en la vida divina a la que estamos llamados es derribar las barreras entre nosotros y nuestros vecinos», les dijo. «Necesitamos ser liberados de lo que nos aprisiona y aísla: temor y desconfianza recíproca, avidez y egoísmo, malevolencia...» El cristiano está llamado a «ser Cristo para los que nos rodean», y a tomar ejemplo de los primeros cristianos, cuyo «amor no se limitaba al grupo de los creyentes. No se veían a sí mismos como beneficiarios exclusivos y privilegiados de los favores divinos, sino como mensajeros, para llevar la buena noticia de la salvación en Cristo hasta los confines del mundo. De esta manera, el mensaje que Cristo resucitado confió a los Apóstoles se extendió con rapidez por todo el Medio Oriente, y desde allí por el mundo entero».
Incrementar la comunión
Un momento de la Eucaristía presidida por el Papa
en la iglesia latina de la Santa Cruz, en Nicosia,
el sábado 5 de junio
De hecho, en el Documento de trabajo, el Secretario General del Sínodo de los Obispos, monseñor Nicola Eterovic, afirma que «la situación actual en Oriente Medio es, en muchos aspectos, similar a la experimentada por la primitiva comunidad cristiana en Tierra Santa», por las dificultades y persecuciones. Y, como en tiempos de los primeros seguidores de Cristo, sostiene que «los cristianos están llamados a no aislarse en guetos, o en actitudes defensivas y a no replegarse sobre sí mismos, actitudes típicas de las minorías».
Pero, antes de eso, uno de los retos que se planteará a la Asamblea para el Sínodo es incrementar la comunión entre los católicos, en una tierra en la que existen gran cantidad de Iglesias orientales, como los ucranianos, maronitas o los silomalabares. «Tenemos muchas Iglesias y parecen a menudo aisladas», reconocía el Papa en el avión rumbo a Chipre. Reforzar los lazos es un primer paso. Pero, en ese diálogo, los católicos «se abren al diálogo con los demás cristianos ortodoxos, armenios, etc., y crece una conciencia común de la responsabilidad cristiana y una capacidad de diálogo con los hermanos musulmanes, que son hermanos, a pesar de las diversidades».
En el encuentro con la comunidad católica de Chipre, el Papa subrayaba que, si «una parte esencial de la vida y misión de nuestra Iglesia» es «la búsqueda de una mayor unidad en la caridad con los demás cristianos y el diálogo con los no cristianos», el llamamiento tiene especial validez en Oriente Próximo: «Estáis en condiciones de contribuir, de modo concreto, en vuestra vida diaria, a la unidad de los cristianos». Y remarcó: «Os exhorto encarecidamente a intentar crear esa confianza mutua entre cristianos y no cristianos, como fundamento para construir una paz duradera entre pueblos con diferencias religiosas, políticas y culturales».
Objetivo: el ecumenismo
Esos retos tienen hoy una importancia muy especial, ante el impulso al diálogo ecuménico e interreligioso en este pontificado, en particular, a las perspectivas halagüeñas que se han abierto con la ortodoxia, y a los propios movimientos hacia la unidad dentro de la ortodoxia, que podrían culminar con el anhelado Sínodo Panortodoxo, tras varios intentos fallidos en los últimos 50 años. El propio Viaje del Papa ha potenciado el diálogo con la ortodoxia. El gran éxito de esta Visita, según el padre Federico Lombardi, director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, ha sido el avance en las relaciones ecuménicas. «El abrazo de paz durante la misa del domingo, entre el Papa y Crisóstomos II, es el símbolo de este encuentro que marca un paso más en el largo camino del ecumenismo, con una Iglesia, la de Chipre, que, a pesar de ser pequeña, es muy significativa en el movimiento ecuménico, sobre todo en el ámbito ortodoxo, y muy rica de iniciativas», afirmaba el lunes, al hacer balance del Viaje. De hecho, en su despedida de la isla, el Papa confesaba: «Espero que mi Visita se considere como otro paso adelante en el camino abierto con el abrazo en Jerusalén (en 1964) entre el entonces Patriarca Anthenagoras», de Constantinopla, «y mi venerable predecesor, Pablo VI. Aquel primer paso profético», tras el que ambas Iglesias revocaron los decretos de excomunión mutua de 1054, «nos mostró el camino que también nosotros debemos recorrer», añadía.
Un foro particularmente apropiado para ese diálogo será la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos, en la que habrá delegados de otras Iglesias y comunidades cristianas de la región.
R.B.
Muros de la vergüenza
Chipre disfruta de mayor tranquilidad que la mayoría de lugares de Oriente Próximo, pero como recordatorio de que pertenece a esa región, existe un muro que separara el sur de la isla, invadido militarmente por Turquía, hace más de 30 años. Lo resaltaba así el Patriarca de Jerusalén, monseñor Fouad Twal, en una entrevista a Radio Vaticano: «Estamos habituados a estos muros de vergüenza que separan a la gente, a las familias, las propiedades, las parroquias...» El Papa se refirió a la división de la isla en su despedida, al recordar que se alojó en la Nunciatura, que se encuentra en la zona de separación bajo control de la ONU. «He visto algo de la triste división de la isla, así como de la pérdida de una parte significativa del legado cultural que pertenece a toda la Humanidad», dijo, en referencia a la profanación de templos ortodoxos en el norte. «He escuchado a los chipriotas del norte que desean volver en paz a sus casas y lugares de culto, y me he conmovido profundamente por sus lamentos», añadió, antes de animar a ambas partes a proseguir con el diálogo, «aunque quede mucho por hacer».
Probablemente, este aspecto político provocó que el gran Muftí de Chipre, que habita en la parte norte, diera plantón al Papa, sin dar siquiera explicaciones por su ausencia. Sí pudo encontrarse Benedicto XVI con el líder sufí Mohamed Nazim Al-Haqami, que le esperó sentado en la nunciatura. «Es que soy muy viejo», se justificó. «Yo también soy anciano», le respondió el Papa. Y el jeque le pidió que rezara por él, a lo que Benedicto XVI respondió: «Por supuesto que sí; rezaremos el uno por el otro».

Viaje a Chipre: HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI Iglesia parroquial latina de la Santa Cruz - Nicosia Sábado 5 de junio de 2010

Queridos hermanos y hermanas en Cristo

El Hijo del Hombre tiene que ser elevado, para que todo el que cree en él tenga vida eterna (cf. Jn3,14-15). En esta Misa votiva adoramos y alabamos a Nuestro Señor Jesucristo, que con su santa cruz ha redimido al mundo. Con su muerte y resurrección ha abierto las puertas del cielo y nos ha preparado un sitio, para que nosotros, sus discípulos, podamos participar de su gloria.

Con el gozo de la victoria redentora de Cristo, os saludo a todos, reunidos en la Iglesia de la Santa Cruz, y os agradezco vuestra presencia. Aprecio mucho la cordialidad con la que me habéis acogido. Doy las gracias, de modo particular, a Su Beatitud el Patriarca Latino de Jerusalén, por sus palabras de bienvenida al comienzo de la Misa, y por la presencia del Padre Custodio de Tierra Santa. He venido a Chipre, primer puerto de destino de los viajes misioneros de san Pablo por el Mediterráneo, siguiendo las huellas de aquel gran Apóstol, para confirmaros en vuestra fe cristiana y para predicar el Evangelio que da vida y esperanza al mundo.

El centro de la celebración de hoy es la cruz de Cristo. Muchos podrían tener la tentación de preguntar por qué nosotros, los cristianos, celebramos un instrumento de tortura, un signo de sufrimiento, de fracaso y derrota. Es verdad que la cruz expresa todos estos significados. Y, sin embargo, a causa del que ha sido elevado en la cruz por nuestra salvación, representa también el triunfo definitivo del amor de Dios sobre todos los males del mundo.

Una antigua tradición cuenta que el madero de la cruz se tomó de un árbol plantado por Set, el hijo de Adán, en el lugar donde Adán fue enterrado. En aquel mismo lugar, conocido como el Gólgota, el lugar de la calavera, Set plantó una semilla del árbol del conocimiento del bien y del mal, el árbol que estaba en medio del jardín de Edén. Gracias a la providencia divina, la obra del Maligno habría sido aniquilada usando contra él sus mismas armas.

Engañado por la serpiente, Adán se apartó de la confianza filial en Dios y pecó comiendo del fruto del único árbol del jardín que le había sido prohibido. Como consecuencia de aquel pecado entró en el mundo el sufrimiento y la muerte. Los efectos trágicos del pecado, es decir, el sufrimiento y la muerte, se hicieron del todo patentes en la historia de los descendientes de Adán. Lo hemos escuchado en la primera lectura de hoy, que evoca la caída y prefigura la redención de Cristo.

Como castigo por sus pecados, el pueblo de Israel, extenuado en el desierto, fue mordido por serpientes, y sólo pudo salvarse de la muerte volviendo su mirada hacia el símbolo que Moisés había elevado, prefigurando la cruz que pondría fin al pecado y a la muerte de una vez por todas. Vemos claramente que el hombre no puede salvarse por sí mismo de las consecuencias de su pecado. No puede salvarse por sí mismo de la muerte. Sólo Dios puede librarlo de su esclavitud moral y física. Y tanto amó Dios al mundo, que envió a su Hijo unigénito, no para condenar al mundo, como requería la justicia, sino para que el mundo se salve por Él. El Hijo unigénito de Dios ha tenido que ser elevado, como Moisés elevó la serpiente en el desierto, para que cuantos lo miren con fe tengan la vida.

El madero de la cruz se transforma en el instrumento de nuestra redención, igual que el árbol del que había sido extraído dio origen a la caída de nuestros progenitores. El sufrimiento y la muerte, consecuencias del pecado, se transformaron precisamente en el medio por el que el pecado fue derrotado. El Cordero inocente fue sacrificado en el altar de la cruz y, sin embargo, de la inmolación de la víctima brotó vida nueva: el poder del Maligno fue destruido por el poder del amor que se autosacrifica.

La cruz, por tanto, es algo más grande y misterioso de lo que puede parecer a primera vista. Indudablemente, es un instrumento de tortura, de sufrimiento y derrota, pero al mismo tiempo muestra la completa transformación, la victoria definitiva sobre estos males, y esto la convierte en el símbolo más elocuente de la esperanza que el mundo haya visto jamás. Habla a todos los que sufren -los oprimidos, los enfermos, los pobres, los marginados, las víctimas de la violencia- y les ofrece la esperanza de que Dios puede convertir su dolor en alegría, su aislamiento en comunión, su muerte en vida. Ofrece esperanza ilimitada a nuestro mundo caído.

Por eso, el mundo necesita la cruz. No es simplemente un símbolo privado de devoción, no es un distintivo de pertenencia a un grupo dentro de la sociedad, y su significado más profundo no tiene nada que ver con la imposición forzada de un credo o de una filosofía. Habla de esperanza, habla de amor, habla de la victoria de la no violencia sobre la opresión, habla de Dios que ensalza a los humildes, da fuerza a los débiles, logra superar las divisiones y vencer el odio con el amor. Un mundo sin cruz sería un mundo sin esperanza, un mundo en el que la tortura y la brutalidad no tendrían límite, donde el débil sería subyugado y la codicia tendría la última palabra. La inhumanidad del hombre hacia el hombre se manifestaría de modo todavía más horrible, y el círculo vicioso de la violencia no tendría fin. Sólo la cruz puede poner fin a todo ello. Mientras que ningún poder terreno puede salvarnos de las consecuencias de nuestro pecado, y ninguna potencia terrena puede derrotar la injusticia en su origen, la intervención redentora de Dios Amor puede transformar radicalmente la realidad del pecado y la muerte. Esto es lo que celebramos cuando nos gloriamos en la cruz del Redentor. San Andrés de Creta describe con razón la cruz como “el más excelente de todos los bienes… por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original” (Sermón 10: PG 97, 1018-1019).

Queridos hermanos sacerdotes, queridos religiosos, queridos catequistas, se nos ha confiado el mensaje de la cruz para que podamos ofrecer esperanza al mundo. Cuando proclamamos a Cristo crucificado, no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Él. No ofrecemos nuestra propia sabiduría al mundo, no proclamamos ninguno de nuestros méritos, sino que actuamos como instrumentos de su sabiduría, de su amor y de méritos redentores. Sabemos que somos simplemente vasijas de barro y, sin embargo, hemos sido sorprendentemente elegidos para ser mensajeros de la verdad redentora que el mundo necesita escuchar. Jamás nos cansemos de admirarnos ante la gracia extraordinaria que se nos ha dado, nunca dejemos de reconocer nuestra indignidad, pero, al mismo tiempo, esforcémonos siempre para ser menos indignos de nuestra noble llamada, de manera que no pongamos en entredicho la credibilidad de nuestro testimonio con nuestros errores y caídas.

En este Año Sacerdotal, permitidme que me dirija de modo especial a los presbíteros aquí presentes, y a quienes se preparan para la ordenación. Meditad las palabras que el Obispo dirige al ordenando cuando le hace entrega del cáliz y la patena: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. A la vez que proclamamos la cruz de Cristo, esforcémonos siempre por imitar el amor gratuito de quien se ofreció a sí mismo por nosotros en el altar de la cruz, de quien es al mismo tiempo sacerdote y víctima, de aquel en cuyo nombre hablamos y actuamos cuando ejercemos el ministerio que hemos recibido. Mientras pensamos en nuestras faltas, tanto individual como comunitariamente, reconozcamos humildemente que hemos merecido el castigo que Él, Cordero inocente, ha sufrido por nosotros. Y si, en consonancia con cuanto nos merecemos, participamos en el sufrimiento de Cristo, alegrémonos porque tendremos una felicidad mucho más grande cuando se revele su gloria.

En mi pensamiento y oración, me acuerdo particularmente de muchos sacerdotes y religiosos de Medio Oriente que están sintiendo en estos momentos una llamada especial a configurar su vida con el misterio de la cruz del Señor. Donde los cristianos son minoría, donde sufren dificultades por tensiones religiosas y étnicas, muchas familias toman la decisión de huir, y también los pastores tienen la tentación de hacer lo mismo. En situaciones de este tipo, sin embargo, un sacerdote, una comunidad religiosa, una parroquia que se mantiene firme y continúa dando testimonio de Cristo es un signo extraordinario de esperanza, no sólo para los cristianos sino también para todos los que viven en la región. Su sola presencia es una manifestación elocuente del Evangelio de la paz, de la voluntad del Buen Pastor de cuidar de todas las ovejas, del inquebrantable compromiso de la Iglesia en favor del diálogo, la reconciliación y la aceptación amorosa del prójimo. Abrazando la cruz que se les presenta, los sacerdotes y religiosos de Oriente Medio pueden irradiar realmente la esperanza que está en el centro del misterio que celebramos en la liturgia de hoy.

Que nos consuelen las palabras de la segunda lectura de hoy, que expresan magníficamente el triunfo reservado a Cristo después de su muerte en cruz, triunfo que estamos invitados a compartir: «Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre-sobre-todo- nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo» (Flp 2,9-10).

Sí, amados hermanos y hermanas en Cristo, alejémonos de aquella gloria que no sea la de Nuestro Señor Jesucristo (cf. Ga 6,14). Él es nuestra vida, nuestra salvación y nuestra resurrección. Él nos ha salvado y liberado.

Radio Vaticano

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